Cuando uno está a dieta es normal que sea el momento cuando más cumpleaños, fiestas, celebraciones de divorcios y muertes de animales de compañía serás invitado. Es una ley sin error, sin excepciones que confirmen la regla. Si estás a dieta te invitarán a saltártela.
Una comida con los amigos, un cliente que te invita a un trozo de grasa trans con el mayor porcentaje de la tierra de carbohidratos procesados. Vamos, lo normal.
Pero ojo, esto no me pasa a mí solo, como digo es una ley perfecta, sin margen de error. Mi esposa sigue esta rutina, ayer, en casa de unos familiares y van y nos invitan a arepas.... mi esposa no pudo con la tentación. Yo aguanté, pero vamos, no niego que se me caía la baba al ver mordisquear aquella esférica masa de harina de maíz asada y rellena de pericos. Pero aguanté. Gordito en fase de desaparición uan poin!!!
Es que incluso yo que estoy intentando ser muy serio con la dieta, vas a un Bar, pides un café solo con edulcorante y te ponen una tacita de humeante espresso acompañado de una galletita que bien sé que sabe a gloria. Decir que no a eso es un pecado capital. Lo engullo entero sin remordimientos, como si hubiera caído en mis fauces por error... ¡¡Ay!! ¿eso que saboreo que es? un pedacito de cielo en forma de galleta para espresso. Maldito seas Lavazza!!!!
Pero bueno, son estas pequeñas licencias las que te hacen sentirte vivo y a dieta, porque el remordimiento es tal que aprendes a disfrutar al máximo esos segundos de placer palatino antes que te carcoma la conciencia y antes que sientas como si tu abdomen repentinamente explosionara y se agigantara por segundos.
Pero oiga, que bueno sabe el pecado, sobre todo el medido, el diminuto, ese acto infantil innato de hacer una pequeña maldad.... así, de golpe y por raso.
Y se acabó el 2011
Hace 2 meses

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